Hay personas que mienten para conseguir una ventaja. Otras manipulan, humillan o perjudican a quienes las rodean sin mostrar demasiado remordimiento.

La psicología ha estudiado estas conductas mediante conceptos diferentes: narcisismo, psicopatía, maquiavelismo, sadismo, egoísmo o rencor.

Pero en 2018, los psicólogos Morten Moshagen, Benjamin E. Hilbig e Ingo Zettler plantearon una pregunta inquietante:

¿Y si todos esos rasgos comparten una misma raíz?

A esa raíz la llamaron factor D, por Dark Factor of Personality, o factor oscuro de la personalidad.

¿Qué es el factor D?

El factor D describe la tendencia a buscar el beneficio propio aunque conseguirlo implique perjudicar a otras personas.

El beneficio puede ser dinero, poder, reconocimiento, control, venganza o una sensación de superioridad.

Pero el concepto incluye otro elemento importante: la justificación del daño.

Una persona con esta tendencia puede pensar:

“El mundo funciona así”.

“Si no lo hago yo, alguien más lo hará”.

“Los demás se lo merecen”.

“Las reglas son para los débiles”.

Por eso, el factor D no consiste solamente en actuar de manera egoísta. También implica construir una explicación que permita ver ese comportamiento como legítimo o necesario.

En una frase:

Obtener lo que uno desea, aunque otra persona tenga que pagar el precio.

Estudios

El estudio original reunió cuatro investigaciones con más de 2,500 participantes.

Los autores analizaron nueve rasgos:

Egoísmo.

Maquiavelismo.

Desconexión moral.

Narcisismo.

Sentimiento de superioridad o derecho.

Psicopatía.

Sadismo.

Interés propio.

Rencor o malevolencia.

Encontraron que estos rasgos no son iguales, pero sí comparten un núcleo psicológico.

Una persona narcisista, por ejemplo, puede buscar admiración y sentirse superior. Una persona maquiavélica puede ser más fría y calculadora. Alguien con tendencias sádicas puede disfrutar la humillación o el sufrimiento ajeno.

Las manifestaciones son diferentes, pero todas pueden compartir una disposición a colocar los objetivos propios por encima del bienestar de los demás.

No solo respondieron cuestionarios

Los investigadores también quisieron comprobar si el factor D se relacionaba con decisiones reales o hipotéticas.

En una de las pruebas, los participantes debían repartir dinero entre ellos y una persona desconocida.

Quienes puntuaban más alto en D tendían a conservar una parte mayor para sí mismos.

En otra tarea, los participantes tenían una oportunidad de obtener dinero adicional mediante un resultado que nadie podía verificar individualmente. Los datos mostraron más respuestas compatibles con engaño de las que se esperarían únicamente por azar.

Los investigadores no podían identificar exactamente quién había mentido, pero sí observar el patrón general.

El factor D se relacionó con:

Mayor egoísmo en el reparto de recursos.

Mayor disposición a aprovechar oportunidades de engaño.

Más interés por el poder.

Menor preocupación por el bienestar ajeno.

Menor identificación con principios morales.

Estos resultados ayudaron a demostrar que D no era solamente una coincidencia estadística entre preguntas similares. También tenía relación con decisiones donde el beneficio personal podía perjudicar a otra persona.

¿Es una condición neurológica?

No.

Hasta ahora, el factor D no se considera una lesión cerebral, una enfermedad del sistema nervioso ni un diagnóstico médico.

Los estudios originales no utilizaron resonancias magnéticas, electroencefalogramas, análisis hormonales ni pruebas genéticas.

El factor D es un constructo psicológico latente. Esto significa que no puede observarse directamente, sino que se infiere mediante patrones en cuestionarios, decisiones y comportamientos.

Actualmente no existe:

Una región cerebral exclusiva del factor D.

Un neurotransmisor que lo explique completamente.

Un gen de la maldad.

Una prueba médica que permita diagnosticarlo.

Pero la biología sí podría influir

Que no sea una enfermedad neurológica no significa que el cerebro no tenga ninguna participación.

Toda personalidad depende del cerebro y del sistema nervioso.

Características como la empatía, la impulsividad, la sensibilidad al miedo, la búsqueda de recompensas y el control de la conducta tienen componentes biológicos.

Algunas personas podrían presentar desde temprana edad un temperamento caracterizado por:

Menor sensibilidad ante el sufrimiento ajeno.

Mayor búsqueda de recompensas.

Más impulsividad.

Mayor necesidad de dominio.

Menor respuesta al castigo.

Sin embargo, ninguna de estas características produce automáticamente una personalidad cruel.

Una persona puede ser poco sensible emocionalmente y aun así respetar reglas, actuar responsablemente y evitar perjudicar a otros.

¿Entonces se nace así o se aprende?

La respuesta más probable es que intervengan ambas cosas.

El factor D podría surgir de la interacción entre:

temperamento y biología + experiencias + aprendizaje social + cultura + decisiones repetidas.

Una persona puede tener cierta predisposición, pero el ambiente influirá en la manera en que se desarrolla.

Por ejemplo, alguien puede aprender que manipular funciona cuando:

Los adultos obtienen ventajas mintiendo.

La agresividad produce respeto.

No existen consecuencias por perjudicar a otros.

La empatía es considerada una debilidad.

Las personas honestas son castigadas.

El abuso permite conseguir poder.

Por el contrario, los límites, la educación, la responsabilidad y las consecuencias pueden reducir la expresión de estas tendencias.

La predisposición no es un destino.

¿El factor D cambia con el tiempo?

Una investigación publicada en 2021 siguió durante cuatro años a una muestra inicial de 1,261 adultos.

El factor D mostró una estabilidad mayor que los nueve rasgos oscuros estudiados por separado. Quienes puntuaban relativamente alto tendían a conservar una posición similar con el paso del tiempo. 

Sin embargo, el estudio también encontró que D y varios rasgos oscuros disminuían, en promedio, con la edad.

Esto significa que es relativamente estable, pero no inmutable.

Las experiencias, las relaciones, las consecuencias y la madurez pueden modificar la manera en que una persona se comporta.

¿También influye la sociedad?

En 2025, un estudio publicado en PNAS analizó datos de aproximadamente 1.8 millones de personas de 183 países.

Los investigadores encontraron que las sociedades con mayores niveles de corrupción, desigualdad, pobreza y violencia presentaban, en promedio, puntuaciones ligeramente más altas en personalidad oscura. 

Esto no demuestra que vivir en una sociedad difícil convierta automáticamente a alguien en una persona manipuladora.

Pero sí sugiere que el entorno importa.

Cuando mentir, abusar o explotar produce recompensas y pocas consecuencias, esas estrategias pueden normalizarse.

La personalidad no se desarrolla en el vacío.

Lo que el factor D no significa

El factor D no es:

Un diagnóstico clínico.

Una enfermedad cerebral.

Un detector de personas malas.

Una prueba de que alguien cometerá delitos.

Una condena irreversible.

Una división entre personas buenas y malas.

Es un modelo que intenta explicar qué comparten distintas formas de egoísmo, manipulación y crueldad.

Conclusión

El factor D representa una posible raíz común detrás del narcisismo, la psicopatía, el sadismo, el maquiavelismo y otros rasgos oscuros.

Su lógica central es buscar el beneficio propio, aceptar el daño ajeno y encontrar una manera de justificarlo.

No existe evidencia de que sea una condición neurológica específica. Tampoco parece ser únicamente algo aprendido.

Lo más probable es que surja de la interacción entre predisposiciones biológicas, experiencias, educación, cultura y recompensas sociales.

El hallazgo más inquietante no es solamente que algunas personas puedan tener una mayor disposición hacia estas conductas.

También es que ciertos entornos pueden enseñarles que perjudicar a otros funciona.