Por primera vez, el público puede ingresar mediante visitas guiadas al museo subterráneo donde se conservan partes del Templo de Ehécatl-Quetzalcóatl y del antiguo Juego de Pelota mexica. Los recorridos estarán disponibles únicamente hasta el 19 de julio de 2026, fecha en la que el lugar volverá a cerrar para permitir que los arqueólogos continúen sus investigaciones.
Un sitio prehispánico debajo de un edificio moderno
Los vestigios se encuentran bajo el Hotel Catedral, ubicado en el número 16 de la calle de República de Guatemala. A aproximadamente seis metros debajo del nivel actual de la ciudad puede observarse una plataforma que formó parte del costado norte del Juego de Pelota de Tenochtitlan.
Este fragmento es especialmente importante porque constituye la única parte visible hasta ahora de aquella gran construcción ritual. Las investigaciones indican que la plataforma estuvo orientada de este a oeste y que tuvo al menos tres etapas constructivas, posiblemente relacionadas con las últimas ampliaciones del Templo Mayor, realizadas entre finales del siglo XV y la caída de Tenochtitlan en 1521.
El espacio arqueológico convive hoy con escaleras, pasarelas, muros modernos y la estructura del hotel. Esa combinación permite comprender cómo la actual Ciudad de México fue construida directamente sobre las distintas capas de su pasado.
Mucho más que un deporte
Aunque suele compararse con una cancha deportiva, el Juego de Pelota mesoamericano tenía un significado mucho más amplio. Para los mexicas era un edificio sagrado en el que se representaban combates simbólicos, se realizaban ceremonias, se resolvían determinados conflictos y podían celebrarse apuestas.
También estaba relacionado con el poder político y religioso. De acuerdo con el arqueólogo Raúl Barrera Rodríguez, los propios tlatoanis llegaron a participar en este espacio, mientras que los jugadores eran representados simbólicamente como guerreros enfrentados en una batalla ritual.
La cancha representaba la superficie de la Tierra, pero al mismo tiempo funcionaba simbólicamente como una entrada al inframundo y como un punto de conexión con el cosmos. El movimiento de la pelota podía relacionarse con los ciclos de vida y muerte, la fertilidad de la tierra y la renovación del mundo.
El Juego de Pelota de Tenochtitlan pudo medir alrededor de 50 metros de largo por 30 metros de ancho y habría tenido una forma semejante a una letra “I” mayúscula. Su orientación y ubicación también lo vinculaban con otros edificios del recinto sagrado, entre ellos los templos dedicados a Huitzilopochtli y a Ehécatl.
El templo dedicado al dios del viento
Ehécatl era una manifestación de Quetzalcóatl relacionada con el viento. Sus templos solían distinguirse por presentar formas circulares o curvas, diseñadas simbólicamente para permitir que el aire circulara sin encontrar esquinas que obstaculizaran su paso.
Dentro de la cosmovisión mesoamericana, el viento anunciaba la llegada de las lluvias y ayudaba a poner en movimiento distintos ciclos naturales. Por ello, Ehécatl estaba relacionado con la agricultura, la fertilidad y el mantenimiento de la vida.
El templo dedicado a esta deidad formaba parte del gran recinto ceremonial de Tenochtitlan, que también albergaba el Templo Mayor, el Huei Tzompantli, la Casa de las Águilas, el Calmécac y diversas construcciones administrativas y religiosas. El INAH describe este conjunto como el centro político y religioso de la sociedad mexica.
Un hallazgo que tomó más de un siglo
Las primeras evidencias modernas relacionadas con el Juego de Pelota aparecieron a principios del siglo XX, durante la instalación de un drenaje en la calle de Guatemala. En aquellas obras se encontraron ofrendas, cuchillos de pedernal y esculturas con representaciones de pelotas de hule.
Décadas después, durante la construcción de la Línea 2 del Metro entre 1968 y 1969, aparecieron nuevas ofrendas y pequeñas maquetas de canchas de Juego de Pelota. En los años noventa, nuevas investigaciones permitieron confirmar que unas escalinatas descubiertas detrás de la Catedral no pertenecían al Tzompantli, como se había considerado inicialmente, sino al propio Juego de Pelota.
Finalmente, las excavaciones realizadas en el predio de Guatemala 16 permitieron revelar en 2014 los restos que ahora pueden visitarse. Los trabajos forman parte del Programa de Arqueología Urbana del INAH, encargado de estudiar los vestigios que permanecen debajo del Centro Histórico.
Una apertura por tiempo limitado
Los recorridos se realizan de martes a sábado en horarios de 9:30, 11:00 y 12:00 horas, con reservación previa y grupos de un máximo de 15 personas. El acceso está incluido en la entrada al Museo del Templo Mayor. La página oficial del INAH señala una tarifa general de 210 pesos y una cuota de 105 pesos para mexicanos y extranjeros residentes en México.
La apertura ofrece una oportunidad poco común para observar directamente una parte de la antigua capital mexica que normalmente permanece cerrada al público. Después del 19 de julio, los especialistas retomarán las exploraciones arqueológicas.
Más que una visita a unas ruinas, el recorrido permite contemplar cómo diferentes épocas de la ciudad permanecen superpuestas: la capital mexica, los edificios coloniales y la metrópoli contemporánea ocupando prácticamente el mismo espacio.
Bajo las calles transitadas del Centro Histórico, Tenochtitlan continúa apareciendo fragmento por fragmento.